Capítulo 5
Nacido Dos Veces

 

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Fraterna,
Suyén Moreno
Directora General

LA LECTURA DIARIA
 
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La lectura de hoy

 

LIBRO: NACIDO DOS VECES

DE: JORGE VALVERDE

CAPÍTULO V

CUANDO LAS PUERTAS SE CIERRAN

Era una tarde lluviosa de junio de 1994, en San José, cinco años después de aquel hermoso episodio. Las calles estaban inundadas. Adentro, la sala lucía repleta de mujeres con niños de brazos, sollozando algunas y empapadas otras. Las enfermeras iban de un lado a otro, y los médicos se apresuraban para poner orden en medio del caos.

Una señora entrada en años, de tez curtida y manos callosas, llegó tropezando y se sentó a mi lado mientras cerraba una vieja sombrilla. De pronto empezó a llorar desconsoladamente. Casi por instinto, se recostó en mi hombro y no pude evitar preguntarle qué le sucedía.

      --¡Mi hijita, mi hijita! –alcanzó a decir, entre sollozos, sin levantar la cabeza.

    --Su hijita, ¿qué? –pregunté.

La señora pegó un salto como si la hubiera asustado en lugar de brindarle algún consuelo. Volteó y me miró fijamente a los ojos. Su mirada desarmaba a cualquiera. Todavía hoy me conmueve cuando la recuerdo. En ella pude ver cuánta tristeza y dolor la embargaban. Enmudecí como si todas las palabras bellas que aprendí de niño hubiera sido borradas por un rayo misterioso.

    --¡Don Jorge! –dijo, apresurada.

    --Señora, ¿puedo ayudarle en algo? ¿Qué pasa con su hija?

Se echó a llorar de nuevo y me abrazó. No sabía qué hacer. Estaba acostumbrado a que la gente me reconociera en lugares públicos y dijera cuán diferente parecía en persona, me brindara un halago por los programas de televisión que conduzco, o simplemente me saludara como si fuéramos viejos amigos. Pero, esta vez, estaba totalmente desconcertado.

      --¡Mi hija, don Jorge!, la atropelló un carro y se me muere, se me muere… ¡ahorita mismo me la están operando!

    --Señora, cálmese. Todo va a salir bien.

      --¡Usted viera, yo no la reconocía. Me la atropellaron y me la dejaron allí tirada en la calle, desangrándose, como a un animal!

¡Qué difícil encrucijada! En aquel preciso momento, mi propia hija, María Ganeza, yacía inmóvil en su cuna a un paso de la muerte. Había nacido, prematuramente y con inmadurez pulmonar, hacía un mes. Desde entonces, permanecía bajo cuidados intensivos en la Unidad de Neonatología del Hospital Nacional de Niños. Mi esposa, Patricia, subió, como de costumbre, para alimentarla y estar con ella un rato. Yo la esperaba en el salón de emergencias para subir luego a verla. Me había mantenido allí por dos largas horas. Necesitaba ser consolado, y ahora esta señora requería urgentemente de alguien que la animara y le tendiera una mano amigo.

La miré nuevamente y la halé hacia un rincón en la estancia. Le pedí que oráramos por su hija y por la mía. No podía ofrecerle nada más. Sin embargo, reaccionó como si de pronto le regalara una solución milagrosa. Secó sus lágrimas con el dorso del brazo y asintió con la cabeza. Nunca antes había hecho una cosa semejante y ahora parecía que estaba a punto de cometer una locura. Definitivamente fue Dios quien puso en mi corazón aquella propuesta.

    --Perdón, ¿cuál es su nombre, señora?
    --Soledad.
    --¿Y el de su hijita?
    --Andrea, Andrea Fernández.

Y, empecé susurrando:

“¡Señor, te doy gracias por este instante! Te doy gracias por habernos reunido aquí, en este lugar, en medio de tanto dolor y de tanta tristeza. Te doy gracias porque Tú has dicho que “donde dos o tres se reúnan en tu nombre, Tú estarás en el medio” (Mateo 18.20). Soledad y yo sabemos que estás ahora mismo entre nosotros, que tu Espíritu se derrama sobre estos dos siervos tuyos, indignos de tu misericordia. Te pedimos, en el nombre de Jesucristo, que perdones nuestras dudas, que inyectes fe poderosa en nuestros corazones y que creamos en la obra que estás a punto de realizar con nuestras dos hijitas. Te las entregamos y las confiamos a tu regazo. Pon tu mano sanadora sobre ellas. Alivia su dolor y restablece su salud. Obra milagrosamente sobre sus vidas y renueva sus células, sus músculos, su sangre y su piel.

Ayúdanos, Señor. Te lo pido especialmente por esta mujer, madre desesperada que ve cerradas las puertas de la esperanza. Trae paz y tranquilidad a su corazón. Renueva su fe. Derrama tu Espíritu sobre ella. Arrúllala. Te pido por su hijita Andrea. Guarda y cuida a su familia.

Te pido también por mi hija María Ganeza y por mi esposa, Patricia. Dale a ambas las fuerzas necesarias para soportar tanta agonía. Abre puertas a nuestro paso, Señor, para que vivamos de nuevo juntos y felices. Pero, pase lo que pase, danos fortaleza e inspíranos con tu gracia para alabarte, bendecirte y glorificarte, en el nombre de Jesucristo, tu hijo, por los siglos de los siglos. Amén”.

No había terminado de decir esta oración, cuando una voz por el parlante nos sorprendió:

“¡Soledad de Fernández, por favor, presentarse en la sala de recuperación!”

Aquella señora que había entrado desconsolada y llorando a la sala de emergencias del Hospital Nacional de Niños parecía otra. Me dio las gracias con apuro, me besó en la mejilla y salió corriendo en medio de mil bendiciones para toda la familia.

Su hija fue operada exitosamente. Pasó seis semanas en recuperación y regresó enyesada a casa. Muy pronto pudo tomar de nuevo su bicicleta y salir a jugar por el barrio.

María Ganeza, por su parte, fue dada de alta luego de dos meses y una semana en cuidados intensivos. Más tarde, fue sometida a una rigurosa terapia para nivelar su desarrollo pero, gracias a Dios, hoy es una niña saludable, hermosa y con unos ojos grandes y negros como los de su madre.

De vez en cuando, Soledad llama por teléfono para recordar aquel día y contarme cómo, desde esa tarde en que oramos juntos en un escondrijo del Hospital, muchas puertas se abrieron en su vida.

Más recientemente, cuando se enteró de la muerte de Patricia, escribió una hermosa tarjeta y me prometió que cada noche oraría con fervor a Dios pidiéndole que otras tantas puertas se abrieran también en mi vida.

Desde entonces, he aprendido que en nuestra existencia una posibilidad se cierra, pero mil se abren. A través de los años, muchas puertas se han cerrado enfrente de mí. Sin embargo, conforme se han clausurado, he visto como Dios me conduce por caminos inimaginables.

Por eso, cuando un sendero se cierra a tu paso, déjalo. ¿Acaso has visto cómo se cierran una puerta empujada por el viento? Tienes la impresión de que puedes hacer algo para evitarlo, pero, cuando decides correr hacia ella, ésta se cierra violentamente. ¡Cuidado! No intentes detenerla, pero tampoco la empujes.

Muchas puertas se han cerrado detrás y delante de tu paso por la vida. De igual manera, has visto cómo otras se abren cada vez que una sola se cierra.

Despega la atención de la puerta clausurada tan pronto como esta se cierra, y mantén los sentidos atentos para trazar tu camino hacia las que se abrirán de inmediato.

De chiquillo solía jugar con mis compañeros de escuela en el Río Cañas, en Buenos Aires. Salíamos de clases corriendo hacia la hondonada donde nos esperaban las aguas cristalinas y puras. Rápidamente nos poníamos de acuerdo para cerrarles el paso a las aguas y empozarlas para bañarnos y nadar en ellas.

En el altillo, un compañero nos guardaba las espaldas para evitar que alguien ajeno a nuestra travesura nos delatara con el maestro.

Conforme obstruíamos la salida de la corriente, esta buscaba otros recodos y rendijas para fugarse. Nosotros taponábamos cada nuevo agujero con piedras, hojas y palos hasta lograr el nivel de agua deseado. De seguido nos sumergíamos y jugábamos hasta cansarnos.

Cuando pienso en esos días, dibujo en mí memoria aquella imagen húmeda y transparente y recojo una gran enseñanza. El río nunca cerró puertas a su paso ni ayudó a cerrarlas. Nunca se quejó ni se sentó a esperar y a llorar. El río continuó corriendo mientras jugábamos en sus aguas. Abrió otros caminos y por allí se coló y siguió su curso mientras permitía que unos chiquillos juguetearan y se divirtieran con él.

¿No es así la vida? ¿No es cierto que los problemas y conflictos propios de ella nos enfrentan de pronto con puertas que se cierran? No será la primera vez ni la última en que te parezca haber quedado sin opciones. Si este es el caso, deja que otros cierren las puertas. No es tu problema. Tu desafío es descubrir las que se abren a tu paso. No mires hacia atrás. El río nunca se devuelve. Reclama su cauce y corre por él sin detenerse. Haz lo mismo y llegarás a la meta sin tropiezo.

Así es nuestra carrera por la existencia. Cuando todo parece ahogarnos, cuando llega el desasosiego, cuando la enfermedad cierra todo camino y nos deja aparentemente sin opciones, cuando los amigos desaparecen, cuando el dolor oprime el alma y la zozobra estrecha el paso de aire hacia nuestros pulmones, es hora de actuar con cautela.

Cuando todo eso y más suceda en tu vida, espera unos segundos. No te precipites. No intentes abrir puertas cerradas. Si éstas se tienen que abrir, lo harán solas. No pierdas tu tiempo mirando atrás. No te conviertas en estatua de sal. Sigue tu camino. Incluso la muerte es una puerta hermosa que se abre. Pero no camines hacia ella si está entreabierta. Niégate a ir hacia allá porque puede ser una trampa. Asomar las narices te puede hundir. Mira hacia otros lados y déjate llevar por las aguas de tu río. No nades contra corriente. Tampoco intentes salir de su cauce porque te desbordas y puedes ahogarte sin remedio.

Cuando las puertas se cierran puedes medir tu valor y pericia. Puedes enterarte de cuánto vales en realidad. Regocíjate y soporta con estoicismo por unos instantes. Si esos minutos, horas o días se hacen eternos, no te tortures pensando en el tiempo que has pasado con las puertas cerradas, distrae la mirada momentáneamente para admirar las flores del campo y el rocío del jardín. Experimentarás un fresco alivio. A continuación, pon todo el potencial en el próximo segundo de tu vida, porque en esa instante puede abrirse el próximo segundo de tu vida, porque en esa instante puede abrirse el próximo agujero. Tan pronto lo descubras, transita por él y continúa el camino. Puedes creerte perdido, pero, si te distraes autocompadeciéndote, no tendrás tiempo ni sabiduría para distinguir, en el caos, las nuevas puertas que se abren a tu paso.

No peques sintiéndote pobre y abandonado. No trates de compadecerte ni permitas que te compadezcan. Si otros a tu lado pierden la esperanza y se santiguan delante de ti en señal de derrota, no lo mires y compadécete de ellos. Cuando más compasión sientas por quienes ayudan a cerrarte puertas, menos posibles tendrás de compadecerte de ti mismo. La autocompasión es el primer paso hacia la derrota. No caigas en esta trampa carnal. Aférrate a la fe y a la seguridad de que otras puertas se abrirán delante de ti y que por allí has de continuar rumbo a tu fin último.

Soporta. No hay nada ni nadie que te puedan vencer si sabes aguantar el tiempo necesario. Resiste y encontrarás alivia más pronto de lo que imaginas. Nada que suceda detrás de ti, en el camino de cara siempre adelante, tiene importancia alguna. Déjalo de lado y prosigue la marcha.

Cuando te sientas deprimido y obstinado por la desesperanza y las puertas se cierran intempestivamente, renueva tu fuerza con vigor. Carga las baterías y no te des por vencido. Si la voluntad es férrea y la esperanza firme, no tendrás motivo para deprimirte. Aprópiate de frases positivas, de pensamientos altruistas y saludables o de versículos que te alienten. Hazlos tuyos y repítelos día y noche.

Recuerda que “todo lo puedes en Cristo que te fortalece” (Filipenses 4.13). Destierra de tu vocabulario la frase “no puedo”. Aunque no distingas alguna puerta abierta, aunque el cielo y la tierra parezcan encerrarlo todo y ahogarte, aunque nadie te dé opciones o estas sean escasas, nunca confieses tu derrota.

“Todo lo puedes en Cristo que te fortalece”. Todo significa todo, sin excepciones. Si haces tuya esta frase, la crees, la confiesas y la pronuncias en voz alta para que tú mismo la escuches, serás testigo de muchas sorpresas agradables. Una a una se abrirán puertas que ni siquiera sabías que existían.

El autor estadounidense Og Mandino afirma: “El fracaso no me doblegará”. Quien nunca ha fracasado nunca tampoco ha intentado nada. Muchas veces cierras puertas a tu paso porque te confiesas y te sientes vencido con el primer revés o caída. Ninguna derrota es tan importante como para que te dejes someter. Cristo mismo cayó tres veces rumbo al Calvario; sin embargo, nunca miró atrás. Se levantó y prosiguió su camino.

Si te levantas y caes de nuevo, inténtalo otra vez, cuantas veces sea necesario. Di una y otra vez: “Estoy sano, rebosante y feliz”. Si aparentas estar enfermo enfrente del espejo, tú mismo lo creerás. Comienza, entonces, por sentirte sano. Nota cómo fluye la sangre por las arterias y las venas. Percibe el oxígeno en su paso hacia los pulmones. Inhala salud, exhala lo que ya no quieres ni necesitas, los problemas y los ratos amargos.

Mi amigo Marcos fue el principal soporte espiritual y humano durante mis peores días de enfermedad. Pasaba día y noche al lado de mi cama de hospital confesando mi sanidad absoluta. A tal punto llegó su persistencia, que yo mismo, en mis horas de soledad y silencio, comencé a declararme sano, rebosante y feliz. Cuando me miraba al espejo, cargando años de más, sonreía y, aunque el dolor o el desasosiego trataban de doblegarme, pronunciaba con poderoso acento: “Estoy sano, rebosante y feliz”.

Años después, cuando me tocó visitar a Marcos en su propia cama de hospital, horas antes de ingresar al quirófano, escribí en su cuaderno de notas: “Querido amigo, Dios ya te ha sanado como me sanó a mí en aquella oportunidad. Confiesa sanidad camino al quirófano. No cierres ninguna puerta. Permite que tu confesión de sanidad las abra todas”.

Había visto a Marcos muy desanimado, pero al día siguiente, cuando hablé con su hermana, me dio la gran noticia. El tumor maligno que los médicos diagnosticaron desapareció milagrosamente. No hubo necesidad de quimioterapia ni de cansadas sesiones de cobalto. Los pronósticos y las miradas incrédulas de los cirujanos no me sorprendieron. Ellos suelen ser los últimos en creer lo que Dios hace usando sus propias manos.

Cuando los médicos, acompañados por estudiantes de medicina, examinaban las radiografías de mis intestinos, se miraban unos a los otros y comentaban los pronósticos negativos a corto y mediano plazo. Mientras tanto, yo repetía en voz alta: “Estoy sano, rebosante y feliz”. Imagino cuántas veces pensaron o comentarían que yo estaba medio loco. No es masoquismo, no es esquizofrenia, no es locura: es el poder de la palabra. La palabra abre o cierra puertas según lo decidas. Nunca quise ni permití que mi boca cerrara puerta alguna.

Quiero recalcar el poder que posee todo lo que confiesas con tu boca. Si, al despertar, lo primero que dicen tus labios es: “¡qué pereza!”, “¡qué día más feo!”, “¡todos los huecos me duelen!”, “¡ay, qué dolor de cabeza!”, no dudes ni por un segundo que esas primeras palabras marcarán el resto del día y cerrarán incontables puertas.

No cierres puertas con tu boca. Practica siempre esta máxima. Cunado te enfrentes con una situación tensa y explosiva, cuenta hasta diez antes de pronunciar palabra.

Todavía recuerdo los hechos que provocaron mi separación de Canal 7. Había trabajado durante dieciséis años para la empresa. El despido significaba un golpe duro y repentino. Fui citado a una reunión a primera hora de la mañana en presencia de la directora de Telenoticias, Pilar Cisneros. El administrador me entregó la carta de despido delante de ella. Pilar y yo tuvimos diferencias de criterio irreconciliables que culminaron con mi separación del canal. Me vi tentado a decir mil cosas y a desahogar mi cólera con ofensas e improperios. Pero estaba convencido de que, si mi boca nunca había cerrado puertas en esos largos años de entrega incondicional a la empresa, no tenía por qué cerrarlas ahora. El tiempo siempre hace justicia y se encarga del resto. Además, tanto Pilar como Olga Cozza, presidenta del canal, me habían respaldado en momentos difíciles. Nunca escatimaron un gesto hermoso y desinteresado para que me sintiera mejor y lograra salir del laberinto donde estuve sumergido por años. Entendí claramente que lo que sucedía era circunstancial y respondía claramente que lo que sucedía era circunstancial y respondía a una situación coyuntural que en nada debía dañar mi relación amistosa y profesional con amistosa y profesional con ambas partes.

Tomé la carta en mis manos y, sintiendo que el corazón se me estrujaba y quería salírseme del pecho, con dolor intenso, me acerqué a Pilar y le dije cuánto la estimaba y la quería. A Olga Cozza le envié luego una extensa carta en la que le agradecía su apoyo y su ayuda durante todo este tiempo.

Así dejé Canal 7, con un tremendo rencor y amargura en lo más profundo de mi corazón. Pero tan sólo el hecho de haber confesado estas palabras y escrito sentimientos hermosos, en un gesto poco usual en circunstancias parecidas, me hizo perdonar y perdonarme muy pronto; y mientras el enojo y el dolor desaparecían, decenas de puertas se abrieron en mi camino profesional y personal.

Por la tarde de ese mismo día, mi amigo Ignacio Santos llamó y me puso en contacto con Arnoldo Vargas, presidente de Canal 4. Veinticuatro horas después, sin haberlo sospechado siquiera, firmé un contrato de trabajo con esta empresa, en condiciones más ventajosas que las anteriores. Y, como bendición adicional, los mejores “ratings” de mi programa se sucedieron a partir de aquel momento. Recordé, entonces, el adagio que solía repetir mi abuela: “No hay mal que por bien no venga. “Definitivamente, Dios escribe derecho sobre líneas torcidas. Hoy doy gracias al Señor por haberme impedido cerrar puertas que preferí dejar abiertas.

Nunca cierres puertas con tu boca, a pesar de la adversidad, del pánico, del dolor o del odio que experimente tu corazón en un momento dado. Pídele fuerza y valentía a Dios. No desfallezcas. Perdona a los demás, pero, más importante aún, perdónate a ti mismo. Hazlo en voz alta, pronúncialo con tu boca y, luego, acéptalo con el corazón. No te arrepentirás. Pon en práctica esta recomendación y verás cómo se te abren puertas de par en par. Hazlo en el hogar, en el trabajo, con los amigos, con los compañeros, con todo el mundo. Aunque ahora te parezca difícil de creer, los resultados te sorprenderán. Es una ley natural y divina

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