Capítulo 4
Nacido Dos Veces

 

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Fraterna,
Suyén Moreno
Directora General

LA LECTURA DIARIA
 
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La lectura de hoy

 

LIBRO: NACIDO DOS VECES

DE: JORGE VALVERDE

CAPÍTULO IV

POR EL TÚNEL OSCURO

Corría el mes de mayo de 1988. Mi salud se había deteriorado al extremo de haber sido hospitalizado en cuatro oportunidades en menos de dos años. Me encontraba convaleciendo de mi última operación. Estaba en casa, tirado en un sofá, con una vista preciosa hacia la terraza y el jardín, pero desanimado y caminando a ciegas.

Esa mañana el sol teñía las paredes de la sala y formaba estrellitas doradas por doquier. Era un día esplendoroso. Afuera, las primeras lluvias habían hecho brotar el aroma de los lirios. Un gorrión se divertía con la corola roja de una amapola. Ana Carolina y Melania, mis dos hijas para entonces, jugueteaban con una mariposa amarilla que no se dejaba atrapar. La naturaleza entera se había puesto de acuerdo para que fuera un gran día.

Sin embargo, muy dentro de mi ser, la tristeza, el dolor y la angustia me hacían verlo todo oscuro. Lejos estaba de imaginar que, a pesar de la aflicción que sentía, aquel sería un día diferente y especial en mi vida.

Ileana, mi esposa, me había ayudado a ponerme de pie. Deidamia, una enfermera que se esmeraba en atenderme en el hospital, vino muy de mañana, curó mis heridas con sumo cuidado y, como de costumbre, me dio voces de aliento. Luego de inyectarme con Voltarén Retard, un analgésico potente, se despidió y prometió que me vería al día siguiente en el hospital.

Ese gran día, Ileana adornó la mesa con el mejor mantel y con un hermoso ramo de flores. Carolina y Melania seguían deleitándose en el jardín y se entretenían con el colibrí que llegaba a saltitos para librar las mieles de una violeta.

Todo estaba dispuesto para que esa fuera una ocasión que no olvidaría jamás. No obstante, en ese momento, no me daba cuenta y quizá no me percataría de ello sino hasta muchos meses después.

Ese mediodía nos visitaría el predicador católico Salvador Gómez. Para mí era simplemente otro de los tantos predicadores, y algunas veces inoportunos personajes, que se acercan a la casa para reprendernos por nuestros pecados. No era la primera vez que un buen hombre o una buena mujer me hacían arrodillarme y pedir perdón a Dios por las faltas de mis cuatro generaciones atrás; por los pecados de mis tatarabuelos y bisabuelos, a quienes ni siquiera en fotografía conocí y de quienes sólo cosas hermosas me han contado mis padres.

Durante los últimos tres años de agonía recibí ofertas de todo tipo: de homeópatas que prometían curarme en cuarenta días; de otros que, mirando el iris de mis ojos, tendrían las respuestas que los médicos no habían encontrado; de radiestesistas que juraban que, colocando un detector metálico debajo de mi cama, sabrían la causa de mi mal para curarlo, y de personajes extraños, a los que prefería ni siquiera atender.

También hubo brujas y brujos. Sólo escucharlos al otro lado del hilo telefónico me producía escalofríos y deseos de vomitar. Esas sensaciones físicas y espirituales siempre me indicaron con quién debía hablar y a quiénes ni siquiera prestar atención.

De igual manera, hubo muchos hombres y mujeres de Dios que trajeron paz a mi alma en momentos de verdadera desesperación.

Lo más importante, por ahora, antes de confirmar por qué aquel día sería inolvidable para mí, es decirte que cuando tengas que caminar a oscuras, lo hagas con mucho cuidado. Permanece atento y pide a Dios sabiduría y discernimiento. En la oscuridad, justamente, es donde operan las mayores fuerzas del mal, pero es también donde mejor se aprecia la luz por más tenue que sea. Incluso tus amigos más cercanos, sin quererlo, pueden inducirte para que, en tu desesperación y angustia, busques refugio en la brujería y en el ocultismo. Conozco casos irrepetibles de personas que han caído en las garras del demonio a partir de un mal momento, cuando no creyeron encontrar respuestas divinas a sus problemas.

¡Cuidado! El diablo tiene muchos nombres y es bueno reconocerlos: alcoholismo, drogadicción, prostitución, avaricia, mentira, infidelidad, adulterio, suicidio y mil más.

Pero, así como debes aferrarte a tu fe en Dios para que el enemigo no se aproveche de ti en tus peores momentos, cuando caminas a ciegas, así también debes implorar al Todopoderoso el discernimiento necesario para abrir puertas a personas de bien que quieren tenderte una mano. Son ángeles de Dios que llegan a tu vida para ofrecerte el bálsamo y la ayuda que te permitirán continuar mientras encuentras la luz que buscas.

Una de esas personas de Dios en mi vida fue Salvador Gómez. Debo confesar que ese día no estaba muy ilusionado por visitas. Semanas atrás se había comprometido a llegar y no lo hizo. Sin embargo, todo estaba preparado igual o mejor que la primera vez.

Salí a tomar el sol fuera de casa ayudado por un bastón. El ortopedista me lo había prescrito por dos motivos: para poder ponerme en pie y para evitar una caída que, en mi caso, podía tener graves consecuencias. Yo tomaba una dosis diaria de setenta y cinco miligramos de cortisona que me tenía los huesos como cáscaras de huevo. El médico sabía que uno de los efectos colaterales de cantidades excesivas de esteroides es la osteoporosis y no quería correrse riesgos. Una caída podía provocarme fracturas de graves consecuencias.

De todas formas, si no hubiese sido por el bastón, no habría podido mantenerme en pie por mucho rato. La cortisona me había hinchado la cara, los brazos y las piernas. Además, me causaba un entumecimiento muscular con calambres horribles. Este apretujamiento, a su vez, me hacía rabiar de dolor y caer rasguñando paredes en el sitio donde estuviera. Desde entonces había optado por moverme lo menos posible dentro de casa y, cuando lo hacía, me ayudaba con el bastón o me balanceaba de pared en pared. Una vez sentado o acostado, me era sumamente difícil ponerme de pie. No lo podía hacer, ni siquiera con la ayuda de mi esposa, porque pegaba gritos de dolor. Me había sometido a cansadas sesiones de terapia física con pocos resultados. Por ello, esa mañana, la enfermera me había inyectado Voltarén para poder mantenerme en pie.  

Sabía que el efecto duraría unas seis horas, suficientes para caminar alrededor de la cuadra y para atender con menos molestias a nuestro invitado. Era algo así como armar un monigote de papel que, luego de unas horas en el agua, empezaría a deshacerse hasta quedar nuevamente en lecho de agonía. Pero necesitaba esas horas para cumplir con una reunión protocolaria más, y, ¿por qué no?, a lo mejor Dios se apiadaría de mí y usaría a su siervo Salvador para producir un milagro instantáneo. Lo pensé con burla interior. Siempre esperé ese tipo de respuesta, pero ahora sólo lo pensaba con escarnio para no perder la costumbre. De todas formas, aún no estaba preparado para que llegara un milagro a mi vida de esa manera. Dios quería madurar mi espíritu llevándome hasta el borde del precipicio, donde, por fuerza, tuviera que humillarme y clamar por ayuda con el corazón roto.

Finalmente el predicador llegó a casa. Me sorprendió mientras daba vueltas en la cochera de un lado para otro.

“¡Ay, Dios mío, eres un siervo del Señor!”, saludó.

A continuación recordó una entrevista que años atrás le hice en la Casa de Ejercicios Espirituales en Calle Blancos. El presidía un retiro espiritual para matrimonios, y yo había llegado a preguntarle su opinión sobre la situación política en la Nicaragua de 1979, semanas antes de la caída del presidente de Nicaragua, Anastasio Somoza. ¿Qué importancia podría tener Salvador Gómez, un predicador católico, para un noticiario de televisión, donde los accidentes automovilísticos y las noticias políticas ocupan un primerísimo lugar? Sin embargo, la propia Olga Cozza, presidenta del Canal, había solicitado que se hiciera la entrevista. Ella tenía una relación especial con los organizadores de la actividad, y le habían pedido ayuda. Traté de ubicar al señor Gómez en el contexto centroamericano, en procura de poder incluirlo en el noticiario. El ardid funcionó. Rodrigo Fournier, director de Telenoticias, no tuvo reparo en insertarlo en la edición de esa noche.

“¡Ah periodistas estos!”, dijo, en esa oportunidad, Salvador Gómez, moviendo la cabeza de un lado a otro. Luego, y de manera muy gentil, respondió a mis inquietudes. Pude aprovechar, entonces, para preguntarle por sus charlas para matrimonios y por lo que, en el fondo, me interesaba saber de él.

Ahora, diez años después de aquel episodio, estaba de nuevo frente a este afamado predicador; en otras circunstancias, pero allí lo tenía: imponente, fuerte, seguro de sí mismo y de cada palabra que salía de su boca.

    --Ven, siéntate, cuéntame cómo estás.

    --Así, como me ve, pero me siento bien.

    --¿Quieres que ore por ti?

Se agachó para abrazarme. Me puse de pie con dificultad y me escondí entre sus brazos de gigante para no enseñar las lágrimas que empezaron a humedecer mis ojos. Le conté entre sollozos las horas, días y semanas de dolor y angustia que había pasado en el hospital. Le di detalles de mi última operación y cómo, a causa de las altas dosis de esteroides que tomaba, mis tejidos se negaban a cicatrizar. Le conté que mis médicos estaban desconcertados y no me habían dado ningún pronóstico alentador.

Salvador Gómez parecía estar impactado por mi historia. Alguien le dijo que tenía cáncer. Esta versión no me extrañó porque incluso hubo quienes, a falta de información y por la costumbre de hablar de más sobre asuntos ajenos, hicieron circular el rumor de que lo que tenía era sida.

Este tipo de situaciones es muy común en el mundillo farandulero en que tenemos que movernos los periodistas. Recientemente, durante un viaje de mi amigo Ignacio Santos a Los Ángeles para operarse un tumor de piel, recibí en silencio llamadas telefónicas de personas ajenas a él y hasta de colegas suyos y míos, que, de manera morbosa y sin tener suficiente información a mano, le daban seis meses de vida. Gracias a Dios, la obra milagrosa que Ignacio experimentó en su vida cerró portillos a esos rumores, y las voces fastidiosas cesaron.

Personalmente, me era difícil y molesto dar detalles de mi diagnóstico a cuanta persona encontraba a mi paso. Cada vez que mencionaba el nombre de la enfermedad de Chron, veía ceños fruncidos y amagos de duda. No era para menos. El patólogo Chron descubrió este mal en 1932 en Nueva Cork, y, desde entonces, su origen y cura son un misterio. El médico me lo dijo desde el principio: “Jorge, es más fácil sacarse la lotería que tener un Chron”.

Salvador Gómez se inclinó y, poniendo sus manos sobre mi cabeza, oró con fervor:

“Padre, Tú conoces a este hombre. Lo escogiste y le pusiste un nombre desde el vientre de su madre. Padre amoroso, derrama tu Espíritu Santo sobre Jorge. Cicatriza esas heridas, cubre de tejidos nuevos sus huesos, regenera esas células, devuélvele la salud a tu siervo, trae paz a su corazón y al de sus hijitas, de su esposa y de su familia. Padre de bondad, reanímalo, fortalécelo, haz un milagro en su vida”.

Permanecí de pie junto al predicador mientras pronunció su oración. Fue breve pero convincente. Había admirado siempre la emoción y el poder que Salvador Gómez pone en cada una de sus palabras. Pero lo que realmente marcó mi vida fue lo que dijo al final con gran vehemencia:

“Jorge, en este momento transitas por un túnel oscuro, muy oscuro, y todo es negro a tu alrededor. Pero ten la seguridad de que al final del túnel hay una salida. Algún día verás esa luz que te indicará el rumbo y el final de tanta oscuridad”.

Lo dijo con tanta fuerza y pasión, que hice mías sus palabras desde aquel momento. Día y noche imaginé que caminaba por aquel túnel oscuro, perennemente hacia delante, rebotando a ratos en sus paredes de roca, pero seguro de que, al final, encontraría la luz que indicaría la salida.

Años más tarde, durante un encuentro católico, en el gimnasio del Colegio Marista, en Alajuela, di fe, públicamente, de las palabras proféticas del predicador. Esa misma noche me enteré, por boca del mismo Salvador Gómez, que él creyó, después de ver el estado agónico en que me encontraba, que yo moriría poco tiempo después. Definitivamente, nuestros planes y pensamientos no fueron los de Dios. De haberlo sido, no habría podido dar, hoy, este testimonio.

Lo importante, en aquel momento, era no abandonar el campo de batalla. Salvador Gómez me lo advirtió: “Huir en momentos de crisis puede dejarte al borde mismo de la victoria sin llegar a disfrutar el sabor maravilloso del triunfo”.

Desde entonces, cuando encuentro a un amigo con problemas o a alguien que cree no hallar solución a sus dificultades, trato de persuadirlo para que transite por ese túnel oscuro, con la absoluta seguridad de que, al final, encontrará la luz.

Ojalá tu situación no sea tan difícil como la que han experimentado otros; si lo fuera, o si algún día te enfrentas al dilema de tener que transitar por ese túnel, no lo dudes un instante. No huyas. No retrocedas. No te arriesgues a perder la oportunidad de crecer. No trates de escapar ni te refugies en el alcohol, la soledad o la depresión. Cuando sientas que el peso de la batalla cae sobre tus hombros, recuerda que Dios ha dicho: “Tú vencerás”. Se lo dijo al rey Saúl. Sin embargo, Saúl sintió miedo, y mientras luchaba contra los filisteos, cuando creyó que sería derrotado, prefirió dejarse caer sobre su espada y quitarse la vida. Y, “…cuando su ayudante vio que Saúl había muerto, también se dejó caer sobre su propia espada y murió con él” (I Samuel 31.5).

Muchos saúles huyen y se suicidan, justamente cuando están a punto de presenciar el prodigio que Dios les tiene reservado. Y, lo que es peor, echan a perder el plan supremo, arrastrando en su escapatoria a muchos timoratos que no se atreven a continuar. No te desespere. No te hundas. Saca provecho de la crisis. Continúa tu camino con la absoluta seguridad de que siempre encontrarás la salida. Lo he probado en mi vida y ha resultado, aun cuando parecía que todo estaba perdido. Funciona como una ley natural, y te aseguro que en tu vida será igual. Permanece en el campo de contienda y triunfarás. Si la muerte llaga habrás ganado y, si sobrevives, también. El Dios que me ha levantado te levantará a ti.

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