Capítulo 3
Nacido Dos Veces

 

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Suyén Moreno
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La lectura de hoy

 

LIBRO: NACIDO DOS VECES

DE: JORGE VALVERDE

CAPÍTULO III

CAMINANDO A CIEGAS


El regreso a Costa Rica fue apresurado y tenso, como si las cuerdas que me sostenían estuvieran a punto de reventarse. Un extraño sabor metálico en el paladar me anunciaba que la vida daría un vuelco total. Me invadía una rara sensación de soledad, temor y abandono, como si dejar la ciudad de Boston atrás, marcara con precisión una nueva etapa de incertidumbre y zozobra. Lucía demacrado y enjuto. Y, lo que era peor, triste; aunque por dentro ansiaba sentirme feliz, pero no podía.

El mismo día de mi llegada se inició una cadena incontenible de sucesos, uno tras otro, que me agobiaron e hicieron sentir imponente y acabado. El primero de ellos sucedió en un consultorio médico frente al hospital San Juan de Dios. La toga y el birrete habían volado con el viento. Me consumían la nostalgia y la melancolía por un acto solemne, fantasioso y primaveral que se perdía a lo lejos. Ahora, en cambio, estaba allí, cabizbajo, sentado frente a varias señoras y ancianos que llegaban para su consulta médica.

Ese día, por cierto, una semana después de mi arribo al país, esperé al médico durante dos horas, con un paquete de radiografías debajo del brazo. Estaba muy nervioso. Los síntomas se habían agravado, y mi desconsuelo era palpable. Desde el regreso perdí más kilos, y mi cara se veía cada vez más pálida y ojerosa. Me habían recomendado a aquel como uno de los mejores gastroenterólogos del país. Necesitado de un asidero humano, deposité toda mi esperanza en aquel encuentro.

El médico cruzó la estancia sin mirar a sus clientes. Abrió un viejo clóset y sacó una gabacha manchada de azul y con el ruedo suelto. La secretaria empezó a llamar, lentamente, a los desesperados pacientes. Finalmente me tocó el turno. Casi sin verme a la cara y pasando una a una las radiografías, pronunció una condena que aún resuena y lastima mis oídos: “Jorge, usted vivirá el resto de sus días con síntomas tormentosos”.

No recuerdo ninguno de los detalles siguientes de aquella cita. En ese momento empecé a caminar a ciegas. Mientras transitaba como autómata el trecho de vuelta a casa de mis suegros, en barrio Don Bosco, no pude contener gruesas lágrimas que resbalaron por mi rostro. Aquellas palabras, dichas con inmisericordia, pusieron una lápida de piedra sobre los días de agonía que empezaría a vivir a partir de aquel instante.

De inmediato aparecían los síntomas “tormentosos” que aquel profesional irresponsable fabricó en mi mente. Porque, así como la palabra obra para bien, también lo hace para mal. Así como confesar equilibrio y salud produce eso que ansiamos, confesarse derrotado nos da por vencidos sin haber luchado.

El pensamiento fabrica obras. De esta manera se iniciaban las cosas. El filósofo René Descartes decía: “Pienso, luego existo”. Nosotros somos resultado de esta máxima. Primero hemos sido pensados, luego concebidos. ¡Cuánto más las obras del ser humano! Primero las pensamos, luego las ejecutamos. Y así como ese mecanismo natural nos abre muchas puertas, también nos puede dejar caminando a ciegas.

Tú lo has experimentado alguna vez. De pronto te dan la noticia de que un hermano murió trágicamente en un accidente de tránsito, o que tu madre padece de un cáncer terminal. De inmediato sientes, al caminar, una venda en los ojos. Es como si tus pasos no te llevaran a ningún sitio seguro. Es como caminar sobre arena movediza. Es como lanzarse al vacío sin conocer el fondo. Es como anidar en la rama cuando el huracán se aproxima. Es como besar los labios de alguien que no te pertenece. Es como entregarse a alguien que huye. Es como caminar a ciegas en la oscuridad.

Acabas de emprender un nuevo proyecto, y tu mejor amiga te falla. Te casaste para siempre y descubres poco tiempo después que tu pareja te es infiel. No encuentras el sendero. Se te cierran las puertas y continúas a tientas, a ciegas.

Cuando te sientas así, cuando todo ha fallado y te veas defraudado, haz un alto en tu peregrinaje. Detén tu paso. No vaya a ser que, por continuar a ciegas, caigas en el precipicio para no volver a encontrar el camino correcto.

Cuando te hayas detenido, busca una luz. Prosigue la ruta hasta que la encuentres. Permanece quieto y en silencio. Escucha a tu alrededor el murmullo de la brisa. Trata de percibir cualquier indicio de claridad. Agudiza tu mente y cada uno de tus sentidos. Ruega por discernimiento y sabiduría. Tu luz llegará. No lo dudes.

Una vez que la hayas descubierto, por pequeña que sea, camina hacia ella. Conforme te acerques, la verás más grande y podrás continuar con mayor seguridad.

Si te sientes así a menudo, no rehúyas esa sensación. Enfréntala. Si tratas de evitarla o de huir, habrás echado a perder tu oportunidad de vencer. La victoria sólo es posible después de muchas batallas e innumerables derrotas. No te aflijas con la primera caída o cuando se cierren las primeras puertas. Si persistes y escuchas en el silencio, descubrirás esa fuente de luz que iluminará tu camino en la oscuridad. Si no aprendes a tiempo esta lección, experimentarás mucho dolor en esta etapa de la vida.

Caminar a ciegas madura el espíritu y ennoblece el alma. Levanta la cabeza, mira hacia delante y emprende la ruta. Cuando tomes la decisión, ya no andarás a oscuras, y habrá luz en tu corazón. La meta está allí, esperando. Decide y corre a su encuentro.

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