Capítulo 2
Nacido Dos Veces

 

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Fraterna,
Suyén Moreno
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LA LECTURA DIARIA
 
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La lectura de hoy

 

LIBRO: NACIDO DOS VECES

DE: JORGE VALVERDE

CAPÍTULO II

CUANDO ASOMA LA TRAGEDIA


Todo empezó en enero de 1985, cuatro meses después de haber llegado a la Universidad de Boston para cursar una maestría en periodismo televisivo.

Regresé a las aulas luego del receso de fin y principio de año. Pasillos y murales estaban colmados de avisos y advertencias que amedrentaban a cualquiera. El sida, enfermedad de reciente descubrimiento y de la que se sabía muy poco, cobraba víctimas aceleradamente, y Estados Unidos iniciaba un período de incertidumbre que las autoridades en salud trataban de bloquear por todos los medios.

El periódico sensacionalista “National Enquirer”, se detenía cada día en el recuento de nuevos chismes de la farándula holiwoodense y de los nuevos portadores del virus del sida. Se creía que el HIV podía contraerse por el simple roce con un portador, por el uso de utensilios contaminados o por saliva. La fobia y la desinformación eran tales, que al principio algunos temían que una mirada maliciosa los pudiera contaminar. No se conocía casi nada sobre el sida y básicamente se le asociaba con un mal de homosexuales.

Por su parte, el “Boston Globe”, diario serio por tradición, advertía sobre los peligros de la enfermedad y se refería a ella como la epidemia del siglo.

A finales de febrero de ese año, bajo una inclemente tormenta de nieve, visité por primera vez al médico de la universidad. Quería reportarle una serie de síntomas inusuales que experimentaba desde semanas atrás. Había perdido el apetito, y unas manchas amoratadas aparecieron repentinamente en mi labio inferior. Por las noches despertaba sudando fría y copiosamente. La ropa se me impregnaba de un extraño olor sulfuroso. Varias veces, al ir al baño, había notado hilillos de sangre y sentía un leve escozor que me preocupaba.

El médico me examinó cuidadosamente y atribuyó aquellos síntomas a un período de ajuste y estrés. Lo llamó “síndrome o shock cultural”. Se refería, entre otras cosas, al nuevo ambiente, a las carreras propias de la universidad, a las penurias por encontrar un apartamento decente y barato en una ciudad cara como Boston y a la presión de los exámenes y barreras idiomáticas.

Dijo que no me preocupara y que regresara en quince días. Me recomendó hacer algunos cambios en la dieta: comer cereales altos en fibra, pan integral, vegetales, verduras y tomar líquido.

Las primeras brisas primaverales empezaban a teñir la ciudad con nuevos aromas. El río Charles, que baja perezoso separando a la señorial Cambridge de la altiva Boston, arrastraba por entre la tierra fresca. La vida regresaba con tibieza al recóndito nordeste de los Estados Unidos. Sin embargo, en esas dos semanas, los síntomas se agravaron. Perdí varios kilos de peso, y el sangrado se hizo más frecuente y profuso. Empecé a sufrir de una diarrea mortificante que me atormentaría durante los próximos cinco años sin dar ninguna tregua.

Acudí a la nueva cita. El médico fue más preciso al examinarme. Comencé a experimentar, entonces, la tortura de quien se adentra en un mundo incierto desprovisto de toda armadura, asustado como un pichoncillo recién salido del huevo.

    --¿Ha escuchado hablar del sida? –preguntó, como queriendo atormentarme.

    --Sí, un poco, ¿por qué?

      --¿Ha tenido últimamente una relación homosexual? –inquirió, a manera de respuesta, mientras me examinaba.

    --Ni últimamente ni nunca –repuse tímidamente, pero con enfado.

      --Es una pregunta de rutina. Le voy a enviar un examen de sangre para estar seguros –replicó con indiferencia.

Gotas de sudor caliente empezaron a rodar desde mi cabeza. Pronto sentí la espalda incómodamente húmeda. Una congoja y terror indescriptibles me sepultaron en un vacío terrible. Mi mirada se perdió en la estancia mientras una enfermera ligada mi brazo para recoger las muestras de sangre.

Salí de la clínica como autómata, perdido, sin rumbo. Caminé por la avenida Commonwealth de arriba abajo, sin detenerme. Atrás quedaban los viejos edificios de la ciudad. El tren repicaba a su paso como anunciando un negro porvenir en la siguiente esquina. Me sentí irremisiblemente solo y desamparado en una ciudad ajena y ausente. Caminaba por un túnel áspero y oscuro, como si no tuviera final.

Las horas me atraparon sin encontrar el camino de regreso al apartamento. No sabía cómo  contárselo a mi esposa. Mi cabeza deba vueltas y vueltas. Repasé cada instante de mi vida desde el momento en que dejé Costa Rica en julio de 1984. Todavía tenía fresco en mí memoria el trágico incidente de La Penca, ocurrido ese mismo mes, en que estimados colegas murieron y otros resultaron gravemente heridos. A mi me había correspondido cubrir aquella conferencia de prensa del “Comandante Cero”, Edén Pastora. Un día antes le imploré a don Rodrigo Fournier, director de Telenoticias, que me sustituyera en la misión. Faltaba sólo una semana para viajar a Washington, D.C., donde haría un curso intensivo de inglés para incorporarme al programa de maestría en la Universidad de Boston en septiembre. Estaba abrumado por los últimos preparativos del viaje. Le correspondió entonces al periodista Rodolfo Ibarra y al camarógrafo Arturo Masís viajar a la zona norte. Por eso, al siguiente día, cuando la acongojante noticia sorprendió a Centroamérica, me aturdí pensando que posiblemente yo, por mi ímpetu, habría estado en el lugar de cualquiera de mis colegas muertos, y dí gracias a Dios por haber cambiado mis planes. Paradójicamente, aquí en Boston, a miles de millas de mi país, estaba ahora a punto de desfallecer.

Mis recuerdos iban y venían, cuidadosamente, escudriñando cualquier posible detalle borrascoso en mi vida. Sin embargo, por más esfuerzo realizado, no logré identificar alguna posibilidad o resquicio por donde el virus del sida hubiera entrado a mi cuerpo. La zozobra y la incertidumbre me laceraban por dentro. Por aquellos días, habíamos pensado “encargar” a nuestra segunda hija, Melania. Solamente el hecho de pensarlo me helaba la sangre.

Mis pasos me llevaron divagando hasta la Iglesia Santa María en Brookline a unas cuantas cuadras de la universidad. A esa hora, diez de la mañana, no había una sola alma en el lugar. Crucé hasta llegar a las primeras filas de bancas. Me arrodillé y, mirando fijamente a los ojos de Jesús crucificado, le conté, con lágrimas, el tormento que me ahogaba. Le imploré que no permitiera, en ninguna circunstancia, que mi enfermedad fuera el sida, que aceptaría cualquier otra dolencia, pero, que por favor, se apiadara de mí y de mi familia.

Ignoro cuántas horas transcurrieron. Ese día no fui a clases ni llegué a almorzar. A eso de las cuatro de la tarde me aparecí como sonámbulo, helado y con una palidez de muerte. Ileana me esperaba asustaba, no por mi llegaba inusual y tardía, ni siquiera por la cara de pánico que traía, sino porque alguien de la clínica había llamado una hora atrás y pidió hablar conmigo.

“Quienquiera que haya sido, no quiso dejar ningún recado”, dijo Ileana, como sospechando una razón relacionado con mi terrible estado.

Un temblor incontenible en las piernas delató mi horror. Realmente estaba asustado. Esperé unos minutos para marcar el número ante la insistencia de mi esposa por saber el motivo de mi nerviosismo. Cuando la llamada finalmente fue atendida, la voz no me salía. No atinaba ni siquiera a identificarme. Continuaba realmente horrorizado, como nunca, por la sola idea de escuchar al otro lado una noticia fatal. Por fin logré decir mi nombre. Me dejé caer en el sofá como anticipado lo peor. Una vocecilla se escuchó al otro lado del hilo.

“Su examen de sangre HIV dio negativo. Le ruego ponerse en contacto con el doctor Redmont. Él le dará una nueva cita para la próxima semana”.

Sus palabras me devolvieron la vida. Respiré profundo y sonreí. Dejé caer el auricular y no quise escuchar el resto. Experimenté una sensación placentera, la de morir suavemente para nacer otra vez. ¡Qué lejos estaba de imaginar que mi verdadera pesadilla apenas se iniciaba! Pero, ¿qué más podía pedirle a Dios? Mi oración había sido escuchada.

Todo regresó momentáneamente a la normalidad. Luego seguían exámenes de rutina agotadores y dolorosos.

Un día cualquiera de abril, el médico me llamó a su oficina para comunicarme que la afección que me estaba destrozando por dentro se llamaba enfermedad de Chron. Al principio sonó como una palabra en ruso. Mi reacción fue neutra y más bien de desconcierto y curiosidad. Explicó que se trataba de una inflación severa del tracto digestivo, causada por un virus, similar en sus manifestaciones a una colitas ulcerativa. Preguntó si en Costa Rica podrían tratarme apropiadamente. No dudé en responder con un sí rotundo, mientras me jactaba de las bondades de nuestro sistema de seguridad social. Advirtió que el tratamiento debía empezar de inmediato.

Redmont supuso que enseguida haría los arreglos para regresar a mi país. El sabía que mi seguro sólo cubría alrededor de mil dólares en gastos médicos y la atención que pudiera obtener en la clínica de la Universidad. Pero mi decisión fue totalmente otra. Había esperado largos años para ver realizado mi sueño de obtener una maestría en los Estados Unidos, y ahora estaba a punto de lograr mi anhelo. No permitiría que la adversidad derribara mis metas. Había iniciado la tesis, y mis planes eran graduarme con todos los honores, con toga y birrete, en mayo del año siguiente, tal y como lo había soñado. Necesitaba terminar antes de darme por vencido. Lejos estaba de comprender los riesgos y consecuencias de tal decisión. Ni siquiera exploré la posibilidad de obtener el tratamiento adecuado en Boston. Estaba seguro de que, una vez en Costa Rica, los médicos me darían la respuesta que quería escuchar.

Desafortunadamente, mis condiciones físicas se deterioraron hasta el punto, que debí realizar un esfuerzo sobrehumano para terminar la tesis. Lo logré, pero las fuerzas me abandonaron y tuve que regresar en marzo de 1986, dos meses antes de lo previsto. Tiempo después, el título llegó por correo, envuelto en un rollo, a mi cama en el hospital Calderón Guardia.

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