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| La lectura de hoy |
LIBRO: PIENSE Y ACTUE COMO GANADOR
LAS ESTRATEGIAS DE LOS CAMPEONES-- WILLIAM HARVEY STEIN
CAPÍTULO I
LO QUE DISTINGUE A LOS GANADORES
A veces olvidamos que los individuos exitosos no son distintos de nosotros. También ellos llegan a cometer errores, tienen defectos, se fatigan, sufren depresiones, padecen enfermedades, padecen enfermedades, enfrentan dificultades domésticas y profesionales, dudan, recelan y cometen injusticias y se desesperan. Para comprobar este hecho, basta revisar la biografía de los hombres y mujeres célebres de todos los tiempos. Allí podemos advertir que quienes han obtenido logros sobresalientes en el deporte, la ciencia, los negocios, la religión, el arte y la política, no fueron, en lo fundamental, muy diferentes de otros sujetos ni gozaron de privilegios especiales. De hecho, algunos enfrentaron desventajas y limitaciones que hicieron más difícil el logro de sus respectivas metas.
¿Por qué entonces ellos consiguieron sobresalir y los demás no? ¿ Por qué su vida se nos presenta como una serie de triunfos ininterrumpidos mientras que la de otros- la mayoría- transcurrir en la más completa medianía?.
Para responder a estas preguntas es común recurrir a razones tales como la suerte, el destino, las circunstancias o el genio. El problema es que ninguna de estos factores resuelve la cuestión de manera satisfactoria.
Piense durante un momento en este asunto. Sin duda la suerte existe. Usted puede despertarse una mañana y averiguar que el boleto de lotería que compró días antes salió premiado o que un pariente desconocido los ha nombrado su heredero universal. También podría suceder ¿por qué no? Que, mientras planta un árbol en su jardín, se encuentra con un tesoro. Sin embargo, ¿cree usted que los descubrimientos de los esposos Curie o los logros artísticos de Picasso hubieran sido posibles? Si ellos se hubieran confiado sólo a la buena fortuna? Todos podemos tener un golpe de suerte y por lo menos resulta absurdo basar nuestro proyecto de éxito de este factor. El azar es impredecible y ninguna persona que desee triunfar en la vida puede depender de él.
Respecto al destino, la cuestión resulta todavía más problemática. Supongamos que existen personas a quienes una fuerza superior o un misteriosos designio le permite lograr, de manera inevitable y sin posibilidad de error, cualquier meta que se propongan. Si esto fuera así, tales personas no necesitarían esforzarse para alcanzar sus sueños. Todas las cosas buenas les caerían del cielo. Lo cierto es que ninguno de los individuos que, supuestamente, poseen una “buena estrella” ha obtenido las cosas fácilmente. Pensemos, por ejemplo, en el caso del director de cine. Steven Spielberg conocido dentro de la industria fílmicas como el Rey Midas de Hoollywood, en virtud de su extraordinaria y casi milagrosa capacidad para obtener ganancias espectaculares con todas y cada una de sus películas. En apariencia, este joven cineasta está tocado por una hada maravillosa que le permite triunfar sin esfuerzo alguno. No obstante, poca gente sabe que el creador de Indiana Jones y La Lista de Schindler pasó varios años filmando programas de televisión y recibiendo reprimendas de sus superiores cuando su desempeño no estaba a la altura de lo esperado. Sus éxitos no han sido, pues, producto de talento artístico.
En cuanto al asunto de las circunstancias favorables, todos conocemos casos de sujetos nacidos en medio de la pobreza o grandes impedimentos físicos y que, sin embrago, conquistaron la excelencia en sus respectivos campos. Allí está el caso del filósofo francés Albert Camus, Premio Nóbel de Literatura 1957, quien se crió en un barrio miserable de Argel y padeció tuberculosis toda su vida. O el de Josephine Baker, la más célebre bailarina negra de todos los tiempos, hijos de esclavos que, al inicio de su carrera, apenas lo suficiente para procurarse una comida al día. Sin embrago, el ejemplo más dramático de que las circunstancias que nos rodean no son determinantes para alcanzar el éxito lo encontramos en Helen Keller. El hecho de que una mujer sorda , muda y ciega desde la infancia haya podido salir adelante en la vida es suficiente para echar por tierra cualquier pretexto.
Queda todavía en pie la cuestión del genio. En efecto, existen algunas personas con una capacidad innata para determinada actividad y que el éxito económico y reconocimiento social. Mozart fue sin duda, uno de los hombres más geniales que ha dado el mundo, y durante su corta existencia fue celebrado por ello. Sin embrago, el escritor norteamericano Edgard Allan Poe y el pintor holandés Vincent Van Gogh también poseyeron genio a pesar de ello, llevaron una existencia miserable y llena de frustraciones. El primero murió presa atrapado en la locura.
También existen individuos que nada tuvieron de geniales pero lograron sobresalir en sus respectivos ámbitos profesionales. Tal es el caso de Thomas Watson Jr. Quien fue presidente de IBM, una de las compañías más rentables del mundo. Este hombre nunca se consideró a sí mismo una persona demasiado inteligente. Sus éxitos fueron el resultado de muchos intentos fallidos y años de trabajo. “Mi único mérito ha sido la perseverancia”, confesó en su autobiografía.
Regresemos a la pregunta inicial. ¿Por qué algunos triunfan y otros no? O dicho en otros términos: ¿Qué distingue a los verdaderos ganadores de aquellos que se conforman con llevar una vida gris? Ya dijimos que no es la suerte, ni el destino, ni las circunstancias favorables, ni el genio. Entonces ¿qué es?
La respuesta le sonará bastante simple: las personas exitosas son aquellas que creen en el éxito. Dicho en otras palabras, son aquellas que se han convencido no sólo de que pueden alcanzar sus objetivos, sin importar que tan ambiciosos parezcan, sino quienes además, se consideran merecedores de llegar a la cima. Los triunfadores son aquellos que están seguros del triunfo.
La creencia es el factor esencial que permite que identifica a un verdadero triunfador. Es uno de los indicios más sólidos para saber quién llegará a la cima, quién llegará a la cima, quién conseguirá vencer los obstáculos y hará realidad sus sueños.
Los hombres y mujeres exitosos que he conocido a lo largo de mi vida- muchos de los cuales se convirtieron en fuente de inspiración para mí- poseían dicha convicción.
El poder de las creencias
Imagino que después de leer las afirmaciones anteriores algunas personas habrán comenzado a recelar. Es posible que algún lector quiera, incluso, rebatir mis argumentos, haciéndome ver que si la mera creencia fuera suficiente para triunfar, el mundo estaría lleno de personas exitosas. Los individuos emprendedores serían legión y libro como el que usted tiene en este momento entre las manos resultarán innecesarios.
Para responder a estas objeciones comenzaré diciendo que, en efecto, basta echar un vistazo a nuestro alrededor para comprobar que el número de personas que sueñan con tener éxito y que nunca lo logran es mucho mayor en comparación con el de aquellos cuya vida es un conjunto de logros sobresalientes. Pero también es cierto que todas las personas creen – o dicen creer-- en el éxito personal. Pregunte a sus familiares y amigos. Todos le dirán que desean llevar una vida más plena, satisfactoria y feliz. Sin embargo, el hecho de que lo crean no parece ser suficiente.
Pero, si esto es así, ¿en qué me baso para asegurarle a usted que la creencia en el éxito lleva a la gente a ser exitosa? ¿Por qué afirmo que los triunfadores son aquellos que están convencidos de sus posibilidades de éxito?
En primer lugar aclaremos que, si bien todos los individuos expresan verbalmente su deseo de éxito y en su futuro interno anhelan convertir sus sueños en realidad, lo cierto es que muy pocos creen verdaderamente en esta posibilidad. Es decir, a todas las personas les gustaría tener un trabajo mejor remunerado, un negocio próspero, una posición económica desahogada y una vida familiar armónica; pero, en el fondo, se trata tan sólo de una fantasía, de algo que sería deseable tener.
Somos sinceros: la mayoría de la gente tiene sueños, pero no cree que pueda realizarlos. Y aquí radica precisamente la principal diferencia entre los triunfadores y quienes no lo son. Los ganadores no solamente quieren llegar a la meta; ellos están convencidos de que así será.
Cuando tenemos la convicción plena de que lograremos triunfar, cuando estamos ciertos de que, tarde o temprano, nuestros sueños se van a hacer realidad, no fracasaremos. Es necesario, sin embargo, tener una convicción plena de que la meta elegida por nosotros es realmente algo que deseamos con todas nuestras fuerzas.
En cierta ocasión, después de una de mis conferencias, uno de los oyentes se me acercó para plantearme sus dudas precisamente sobre esta cuestión.
--Vamos a suponer –me dijo—que yo quiero realizar un vuelo alrededor de la Tierra en transbordador espacial. Usted dice que la creencia es suficiente para lograr mis anhelos. Sin embargo, dudo mucho que mañana me llamen de la NASA para formar parte de la tripulación del Columbia, no importa cuán fuerte sea mi creencia y cuánto les insista.
--Seamos sinceros –le señalé, empleando un tono ligeramente irónico--. ¿En verdad quiere usted realizar un vuelo alrededor de la Tierra en transbordador espacial? Seguramente le gustaría hacerlo (¿a quién no?). Pero si este deseo fuera auténtico, es decir, si usted creyera con todas sus fuerzas en ello, hace tiempo que estaría vinculado de alguna manera con programa espacial. Ya hubiera tomado cursos de ingeniería, sabría como se pilotea uno de esos aparatos o, por lo menos, estaría dispuesto a aprender al respecto.
--Eso es absurdo. Yo soy vendedor –replicó él--. No tengo tiempo para ocuparme de esas cosas. Además, esos astronautas seguramente se preparan durante mucho tiempo. Yo tengo 52 años. Para cuando terminara el entrenamiento, y en el remoto caso que sobreviviera a él, sería demasiado viejo.
--¿Se da cuenta de que con esas afirmaciones no ha hecho sino darme la razón? –le pregunté sonriendo.
--¿A qué se refiere?
--Piénselo un poco –le dije--. A usted solamente le gustaría viajar en el Columbia, pero no lo cree posible. Para usted es sólo una fantasía. Tan es así que ni siquiera está dispuesto a pagar el precio que exige realizar ese sueño. Más aún, sin que nadie se las hubiera pedido, acaba usted de ofrecer varias razones por las cuales en realidad no quiere hacerlo.
Este ejemplo nos muestra la diferencia existente entre creer en algo y solamente desearlo. Los grandes líderes de nuestro tiempo, los hombres de negocio y la gente de verdad exitosa son, antes que todo, profundos creyentes. Creen en sí mismo y en el valor de sus acciones. Muchos de ellos han llegado a dudar y en alguna ocasión pasaron por períodos difíciles; no obstante, ellos saben que a la larga se saldrán con la suya. Están seguros de que tarde o temprano el trabajo, la perseverancia y paciencia darán sus frutos. Incluso, hay casos en los cuales dichos frutos van más allá de lo esperado. Pensemos en el líder negro Nelson Mandela, quien permaneció en prisión durante muchos años sin dejar por ello de creer en sus ideales. Su convicción era tan firme que no sólo sobrevivió a la prisión y encabezó un gran movimiento social, sino que llegó a la presidencia de Sudáfrica.
Con lo dicho hasta aquí pareciera que le estoy atribuyendo a la creencia un poder mágico o peligroso. En realidad es una cuestión perfectamente lógica, un fenómeno natural cuyo fundamento se encuentra en la sicología. La gente que está convencida de la importancia de sus metas y confía en su capacidad para alcanzarlas, aleja inconscientemente de su cerebro las dudas y el temor que pudiera obstaculizar su camino. Es decir, predispone su mente para obligarla a enfocarse en una meta específica. Surge entonces una energía y un entusiasmo capaz de ayudarlo a llegar hasta donde desea. Ello no significa, por supuesto, que su camino estará libre de obstáculos. Sin embargo, ellos no representarán un impedimento para salir adelante, pues la fuerza surgida de la creencia es capaz de ayudarlo a superar cualquier problema.
En contraste, las personas que no creen verdaderamente en sí mismas ni están convencidas del valor de sus metas, suelen alimentar su cerebro con información negativa. Piensan de inmediato en los obstáculos, sintiéndose al mismo tiempo abrumados por el esfuerzo y los sacrificios que impone el logro de sus sueños. Más aún, al carecer de la fe suficiente en sí mismos, su perspectiva de las cosas será más estrecha. Esto es: hasta la capacidad de su cerebro para enfocar sus posibilidades de crecimiento se ve afectada por la incredulidad, la falta de confianza y el temor. Así, quien no cree en sí mismo vive en un mundo limitado y pobre. En cambio, el que cree está en condiciones de ver más allá del presente, es capaz de visualizar un horizonte inmenso de posibles logros.
Piense como ganador
Ahora bien, si esto es así (y le pido que, por el momento, me conceda el beneficio de la duda), resulta que el primer paso para alcanzar el éxito es pensar como los ganadores.
Ya vimos que un ganador se caracteriza por creer en dos cosas: en sí mismo y en el éxito. Cuando Walt Disney planeó su parque de diversiones, no deseaba que su idea funcionara. Él sabía que el proyecto funcionaría. Es obvio que él no podía predecir el futuro, ni tenía una bola de cristal capaz de mostrarle la enorme popularidad que, años después, alcanzaría su proyecto. Sin embargo, estaba seguro de que iba a funcionar porque él así lo había dispuesto. No era un ser sobrenatural ni infalible. Sencillamente era alguien que no pensaba en el fracaso. Y si por casualidad Disneylandia no hubiera tenido el éxito que hoy tiene, ello no hubiera sido considerado por su creador como un fracaso, sino tan sólo como un pequeño tropiezo en el camino hacia el éxito. Disney era de esos individuos que intentaba las cosas una y otra vez hasta que funcionaban.
Es indispensable estar convencido de que uno es capaz de lograr aquello que se ha propuesto, de que uno podrá hacerlo a pesar de los obstáculos y las dificultades.
En ocasiones, como es natural, la conquista de una determinada cumbre implica más trabajo del que habíamos supuesto. Ello no importa cuando estamos convencidos de nuestra capacidad y realmente deseamos tener éxito. Y digo que no importa porque quien cree en el éxito sabe que llegará a la meta. Tal vez se tarde un poco más o el recorrido seguido sea distinto del planeado originalmente. Lo importante es creer. Desde esta perspectiva, ni los esfuerzos extra ni los contratiempos constituirán verdaderos obstáculos.
Mi buen amigo Joseph Franklin, quien durante su juventud fue cajero en un banco, siempre deseó tener un negocio propio. Aunque en aquel entonces su sueldo era igual al de cualquier otro empleado bancario, su autoestima era admirable. Un día, rentó un pequeño local en el centro de Seattle. Luego alquiló maquinaria y contrató a una docena de costureras para confeccionar, a partir de sus propios diseños, ropa deportiva. Era su primera iniciativa empresarial. Por desgracia, la falta de experiencia lo llevó a la bancarrota en muy poco tiempo. Sencillamente no supo cómo enfrentar a la competencia ni fue capaz de administrar el negocio de manera correcta. ¿Piensan acaso que Joseph se dio por vencido? De ninguna manera. Después de pagar sus deudas y ofrecer una liquidación justa a sus empleadas, volvió a su antigua ocupación. A los seis meses, sin embargo, ya estaba de regreso. Se había asociado con dos amigos suyos (un contador y un experto en relaciones públicas) y volvió a intentarlo. Tampoco en esta ocasión le fue bien, pero al menos logró mantener el negocio a flote.
Todo esto ocurrió a mediados de los años ochenta. Hace unos meses, Joseph recibió el premio que cada año otorga la Asociación de Empresarios de Seattle. Entre 1988 y 1995 su compañía creció a pasos agigantados. Hoy en día ha comenzado a competir en algunos estados de la Unión Americana con firmas tan importantes como Nike y Adidas. “En realidad –confesó durante su discurso de aceptación del premio—nunca imaginé que algún día me encontraría frente a ustedes recibiendo este galardón. Sin embargo, hay algo que siempre supe: que sería dueño de mi propio negocio. Eso no estaba a discusión ni era negociable. Toda mi vida quise ser empresario y lo logré”.
Así pues, no dude. Crea en usted mismo y fije metas importantes. Comprométase con esas metas y, sobre todo, no se subestime. Esta es, sin duda, una de las lecciones más importantes que nos ofrece la gente exitosa.
Por supuesto que es conveniente, ante todo, saber lo que deseamos, conocer nuestros sueños y aspiraciones. Sin embargo, no basta identificar la meta. Es necesario, además, creer y querer con todo el corazón esa meta, soñar con ella, imaginarse a sí mismo alcanzándola.
Ponga su cerebro a trabajar, aliméntelo con la creencia de que el éxito no es algo inalcanzable, algo reservado a un grupo de privilegiados. El problema no es averiguar si usted puede o no puede ser un triunfador. De hecho usted lo es. Eso no está a discusión. La cuestión radica, más bien, en que lo acepte, en que se convenza de ello.
Resulta curioso comprobar, en este sentido, lo difícil que resulta convencerse del propio valor. En le mejor de los casos, la mayoría sabe que posee algunas habilidades y destrezas, y que gracias a ellas podría, si se lo propone, llegar a obtener ciertas satisfacciones en la vida. Sin embargo, muy pocos creen de verdad que pueden obtener todo lo que se propongan y que además lo merecen. ¿A qué se debe esto?
En primer lugar, se trata de un problema de autoestima. Infinidad de personas van por la vida sobrevalorando a los demás y subestimándose a sí misma. Es decir, muchos suponen que los individuos exitosos que conocen son necesariamente más inteligente, cultos, sabios, sensibles y emprendedores que ellos mismos. Esto no tiene por qué ser así. La capacidad personal muchas veces está oculta, reprimida por la educación y por una modestia mal entendida. Según mi experiencia, nueve de cada diez veces uno acierta si supone que vale más de lo que cree.
En segundo lugar, la dificultad para convencerse de la valía personal se relaciona también con el miedo. En efecto, desarrollar las habilidades y dones ocultos resulta, en algunos casos, algo intimidante, pues ello acarrea una seria de riesgos, compromisos y responsabilidades que no cualquiera está dispuesto a asumir. El problema es que, al no asumirlos, estamos condenados a permanecer estancados en el mismo lugar. Yo he conocido a personas con la capacidad y los conocimientos suficientes para convertirse en altos ejecutivos y que, sin embargo, permanecen toda su vida en un puesto sin importancia, ganando apenas lo suficientes para convertirse en altos ejecutivos y que, sin embargo, permanecen toda su vida en un puesto sin importancia, ganando apenas lo suficiente para convertirse en altos ejecutivos y que, sin embargo, permanecen toda su vida en un puesto sin importancia, ganando apenas lo suficiente para irla pasando. Muchos de ellos declaran, incluso, estar satisfechos consigo mismos y dicen llevar una vida feliz y sin presiones. Yo francamente no lo creo. Casi todas las personas poco exitosas que conozco han racionalizado su mediocridad hasta convertirla en una cuartada, en una excusa. En mi opinión, éstas son formas de autoengaño utilizadas por individuos que, por miedo, han sacrificado su potencial en aras de una falsa seguridad.
Así pues, si quiere pensar como ganador considere su situación presente como algo pasajero, como un peldaño en la escalera del éxito. No le tenga miedo a las situaciones difíciles, a las situaciones difíciles, a las responsabilidades ni a los riesgos que debería enfrentar. Todos ellos son los indicadores de que avanza por el buen camino. Un amigo me dijo una vez: “Si pasa una semana sin que me haya visto obligada a tomar una decisión difícil o haya corrido un riesgo calculado, comienzo a preocuparme. Pues ello me indica que no estoy avanzando”.
En el siguiente capítulo, le ofreceré algunas estrategias para elevar su autoestima y acabar con el miedo que puede obstaculizar su camino hacia éxito. De esta manera podrá usted desarrollar el tipo de creencia a la que me he referido a lo largo de este capítulo y la cual es, como ya expliqué, uno de los rasgos de carácter más importantes de los ganadores.
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El capítulo 2
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