Capítulo 8
Los siete secretos del ÉXITO

 

Bienvenido a la LECTURA DIARIA
para solicitar publicaciones GRATIS!!! en este segmento por favor escriba a:
suyenmoreno@gmail.com, o envíenos su fax al (505) 2401397.
Fraterna,
Suyén Moreno
Directora General

LA LECTURA DIARIA
 
klklklklklklklklklklklñlñlñlñlñlñlñ
Capítulo 8

 

LOS SIETE SECRETOS DEL ÉXITO

Una historia de esperanza
Escrito por Richard Webster

 

CAPITULO 8

Kevin se despertó con el timbre de la puerta, que sonaba insistentemente. Estiró el brazo para alcanzar el despertador y descubrió que eran las nueve y diez minutos. Salió de la cama apresuradamente, se puso la bata y salió a la puerta. Dos policías lo esperaban en posición de firmes, sin dejar que ninguna expresión se les asomara a la cara mientras lo miraban de arriba abajo. Se presentaron y le preguntaron si podían hacerle unas preguntas.

--Emm, sigan -dijo Kevin. Se hizo a un lado para dejarlos pasar y los condujo a la sala.

--Ustedes vienen por la queja que puse -dijo--. Lo siento, debí haberla retirado.

El mayor de los policías, un hombre de cara morena, más o menos de la edad de Kevin, abrió un cuaderno.

--Usted puso una queja contra un tal Michael Bestens.

--Sí. Era mi socio. Pero quiero retirarla.

--Usted dijo que el 15 de abril él lo atacó malintencionadamente con un bate de béisbol, frente a varios testigos.

--Fue sólo una discusión que se nos salió de las manos. No me hizo daño.

--Usted pasó una noche en el hospital, y el informe médico dice que tenía dos costillas rotas.

--Sí. Pero ahora estoy bien.

--Los testigos corroboraron su historia, señor Huddersfield. Obviamente fue un ataque grave, que usted no provocó.

--Bueno, nuestro negocio acaba de quebrar y yo le eché la culpa. Pensé que se había robado el dinero.

--Lo raro en ese caso es que hubiera sido él el que lo atacara -observó el policía.

--Supongo que yo lo provoqué. Lo acusé de muchas frente a amigos comunes.

--Esos amigos corroboraron su versión del incidente.

--Sí -Kevin se apretó el cinturón de la bata. Sentía el frío del piso de madera bajo los pies--. Miren, ¿no podría solamente retirar la queja? Ya lo perdoné. De hecho, casi me había olvidado de esa noche hasta que los vi en la puerta.

El policía joven hizo chasquear la lengua y miró al techo. Su colega cerró el cuaderno.

--¿Y qué pasa con el supuesto robo del dinero? ¿También puso una queja?

Kevin negó. -No. Iba a hacerlo. Incluso le pedí a mi contador que hiciera las cuentas para determinar la cantidad exacta del faltante, pero decidí dejarlo así. Perdoné a mi socio y olvidé el asunto.

El policía tamborileó con los dedos sobre el cuaderno.

--No es tan fácil, señor Huddersfield. Usted puso una queja y nosotros nos hemos puesto a verificarla. Ahora, cuando ha pasado tanto tiempo ¿quiere que nos olvidemos de ella?

Kevin se aclaró la garganta. -Sí, por favor. Si es posible.

Los policías se pusieron de pie al mismo tiempo. El mayor de los dos movió la cabeza de lado a lado.

--Nuestro trabajo sería mucho más fácil si todo el mundo fuera tan poco rencoroso como usted -dijo.

--Vivo el presente -explicó Kevin--. Lo pasado, pasado.

Los dos hombres se cruzaron una mirada y salieron de prisa.

Kevin se vistió rápidamente y se preparó un café fuerte. Tras beber unos sorbos, alcanzó el teléfono y llamó a su ex socio.

--Hola, Michael -dijo. Se podía imaginar la cara de sorpresa de su ex socio. El silencio se prolongó varios segundos y Kevin lo rompió.

--Es Kevin, Michael. Sólo llamaba para saber cómo estabas.

--Bien, muy bien -contestó Michael, y la sorpresa era evidente en su voz--. Y tú ¿cómo estás?

--Bien -dijo--. Cada mañana es como a empezar a vivir de nuevo. Sólo quería saludarte y decirte que retiré todos los cargos en tu contra. También te perdono. Te perdono todo.

--¿Qué?

--Que seas muy feliz, Michael. Adiós.

Kevin le sonrió a su imagen en el espejo mientras se afeitaba. "La filosofía de vida de Todd definitivamente funciona", pensó. "Me siento mejor de lo que me había sentido en años".

Sintió la urgencia de contarle a Todd lo que había pasado en la mañana. El teléfono de Todd sonaba ocupado, y tras intentar comunicarse varias veces, decidió ir hasta allá y ver cómo estaba.

El día estaba nublado, pero eso no afectó el buen ánimo de Kevin. Les sonrió a una madre con un nene en la calle, y abrazó dos árboles en un parque. Por el camino empezó a reírse en voz alta, de la pura dicha de estar vivo.

No hubo respuesta cuando timbró en el apartamento de Todd. Se quedó indeciso frente a la puerta unos minutos y después caminó lentamente hacia los almacenes de la costa.

Pidió un capuchino en una cafetería al aire libre y se sentó de manera que pudiera ver la entrada al edificio de Todd. Sintió una punzada de preocupación mientras acunaba la taza caliente entre las manos. Treinta minutos después pidió otro café y lo hizo durar una hora. No vio entrar o salir a nadie del edificio.

Kevin sintió que la presión le endurecía los hombros y empezó a caminar de un lado a otro frente al edificio. Ojalá supiera dónde vivía Elspeth.

De repente se le ocurrió timbrar en los apartamentos vecinos. En uno le respondió una voz cascada, incorpórea, que sonaba fantasmal a través del citófono. Parecía pertenecer a una anciana. Ella no sabía nada, según le dijo, pero podía golpear en la puerta de Todd y ver si había alguna respuesta.

Le tomó siglos volver. Su marido, según le dijo, había visto una ambulancia llegar durante la noche, pero no sabía si venía para donde el señor Melvin. No había habido respuesta a su llamada a la puerta.

Kevin le agradeció y dio media vuelta. Se sentía como en medio de una niebla densa y se recostó contra el muro de ladrillo buscando apoyo. Ahora tendría que llamar a los hospitales para averiguar dónde estaba Todd.

--No llores -oyó que le decía una voz familiar. Miró a su alrededor y sonrió aliviado cuando vio a Elspeth. Ella le puso la mano en el hombro--. Todd vuelve a casa esta tarde. ¿Me ayudas a subir estas cosas, por favor?

Todd había tenido un ataque durante la noche, le dijo Elspeth. Ella se había quedado a dormir en el apartamento porque él no estaba bien, y gracias a eso pudo llamar a una ambulancia.

--Está listo para irse -le dijo a Kevin, mirándolo a los ojos--. Sólo se queda porque tú y otra persona lo mantienen aquí.

--No quiero retenerlo -dijo Kevin.

Elspeth sonrió.

--Claro que no. Pero él no puede irse hasta que sepas que estarás bien.

--Estar é bien -dijo Kevin restregándose los ojos--. Sólo que nunca había conocido a nadie como Todd, y no quiero perderlo tan pronto.

--Ninguno de nosotros quiere perderlo -dijo Elspeth--. Pero está viejo y cansado.

--Lo sé. Estaba pensando sólo en mí mismo.

Elspeth movió la cabeza.

--Sé cómo te sientes, Kevin. Créeme que lo sé.

--¿Quién es la otra persona?

--Es una mujer que acaba de perder a su marido. Todd la ha estado ayudando en las últimas semanas.

--¿Al mismo tiempo que a mí?

Elspeth asintió. Kevin vio lágrimas en sus ojos.

--¿El va estar bien? -Preguntó Kevin--. Dijiste que vuelve a casa esta tarde.

--Va a necesitar mucho descanso.

Elspeth se puso de pie y empezó a guardar el mercado que había traído.

Kevin se sintió inútil. --¿En qué puedo ayudar?

--¿Qué tal eres para pasar la aspiradora? -preguntó Elspeth.

El apartamento estaba inmaculado cuando la ambulancia llegó. Elspeth había comprado flores y su perfumado aroma perfumaba la sala.

Kevin y Elspeth bajaron corriendo para ver si podían ayudar en algo. Todd estaba contento de verlos. Su cara se veía pálida y demacrada, pero la sonrisa era cálida.

--Muchas gracias a ambos -les dijo.

Los paramédicos lo subieron y lo metieron entre la cama. Elspeth tenía la sopa lista, y se la dio a cucharadas. Kevin se sentó a los pies de la cama, sintiéndose más triste que nunca.

--No lo estás haciendo -le dijo Todd.

Kevin quedó desconcertado. --¿Haciendo qué?

--La regla número uno.

--Vive el presente -repitió Kevin automáticamente. Su mirada se encontró con la de Todd y sonrió--. Tienes razón, pero es difícil.

--Nadie dijo que la vida fuera fácil -le recordó Todd--. Pero tú eres fuerte, eres capaz y vas a ganar.

--Gracias -respondió Kevin.

--Ahora cuéntame cómo te fue hoy.

El entusiasmo de Kevin fue creciendo a medida que le contaba a Todd lo sucedido por la mañana. Todd sonrió y asintió.

--Vas por buen camino -dijo. Miró a Kevin durante un buen rato, con una sonrisa en los labios.

--Mejórate pronto, por favor -dijo Kevin--. Todos te necesitamos.

--Gracias. Pero creo que se acerca la hora de irme. Conoces mi filosofía. No le temo al futuro. Y tú tampoco le deberías temer. Menos ahora.

--Es mejor que me vaya -Dijo Kevin poniéndose de pie--. Pero vuelvo por la mañana.

Al llegar a la puerta, se detuvo y volteó a mirar a al hombre frágil en esa cama enorme.

--Kevin.

--¿Sí?

--Hay una lección más.

--Ya lo sé.

--La pusiste en práctica esta mañana. Estoy orgulloso de ti.

Kevin sonrió y trató de pensar en cuál podría ser. -Vas a tener que decírmela -dijo.

--Debes ayudar a los demás, y perdonarlos.

--Ya veo -dijo Kevin asintiendo despacio.

--Y hay más todavía.

Todd se enderezó hasta quedar casi sentado. Luchó por respirar, pero le indicó a Kevin que no se acercara cuando se apresuró a ayudarlo.

--Primero que todo, tienes que perdonarte a ti mismo -continuó Todd.

--¿A mí mismo? -Kevin frunció el ceño tratando de entender.

--Todos hacemos una cantidad de bobadas, de cosas estúpidas -dijo Todd entre jadeos--. Todos somos desconsiderados, poco amables, intolerantes, etc. Tienes que perdonarte por todo lo que hiciste en el pasado. Solo cuando lo hayas hecho podrás ayudar a los demás.

--Pero perdoné a mi socio. ¿Acaso no puedo perdonarlo de verdad hasta que no me perdone a mí mismo?

--Sí y no -dijo Todd.

Kevin se daba cuenta del enorme esfuerzo que estaba haciendo Todd para hablar, pero sabía que no podría irse hasta que se lo hubiera explicado todo.

--Cuando lo perdonaste -dijo Todd--, ¿sentiste que te quitabas un peso enorme de encima?

--¡De verdad que sí! -dijo Kevin riendo.

Todd asintió. -Trata de perdonarte a ti mismo. Te vas a sentir como si volvieras a nacer. Cuando te perdonas a ti mismo de verdad, estás poniendo en práctica la lección número uno, ¿no crees?

--¿Quieres decir, "lo pasado, pasado"?

--Exacto. Piénsalo -Todd bostezó y le sonrió a Kevin con expresión soñolienta--. Perdóname. Creo que el viaje de vuelta me dejó exhausto. ¿Vienes a verme mañana?

Como si se hubieran puesto de acuerdo, Elspeth apareció y se llevó a Kevin. En la puerta, Kevin le anotó su número de teléfono.

--Llámame, Elspeth. No importa la hora. Llámame si pasa algo, o si puedo ayudar. Me voy derecho a mi casa.

A Kevin le costó trabajo quedarse tranquilo en casa. No dejaba de preguntarse si Todd estaría bien. A la tercera vez que llamó, Elspeth le dijo que iba a dejar el teléfono descolgado si seguía llamando.

--Te llamaré si pasa algo -dijo--. Te lo prometo.

En la tarde, Kevin fue caminando hasta un centro comercial y compró pergamino, tinta y una pluma de caligrafía. Se instaló en la mesa de la cocina y trató de escribir unas letras exactamente iguales a las de las palabras que habían visto en el libro que Todd guardaba en la habitación de huéspedes. Tras media hora de practicar, se sintió con la suficiente soltura y empezó a escribir en la hoja de papel pergamino. La encabezó con la frase "Los siete secretos del éxito".

Observó su trabajo con ojo crítico. No era perfecto, pero se parecía bastante al estilo que recordaba.

Con cuidado, escribió: "Lo pasado, pasado". Pudo recordar cada emoción, cada sentimiento y cada sensación que experimentó cuando abrió el libro y vio esas palabras por primera vez. Sonrió. Eran las palabras que habían empezado a cambiar su vida. Dijo las palabras en voz alta, vacilando. Sí, sonaba bien. No importa lo que otros pensaran o dijeran. Esas palabras eran la verdad absoluta para Kevin.

Le tomó varios minutos decir cómo expresaría el segundo paso. Probablemente lo que Todd había querido decir era "Abraza la vida", pero Kevin escribió finalmente "Abraza los árboles, y la vida". Se dio cuenta de que asentía en silencio a medida que iba escribiendo las palabras. De nuevo dijo la frase en voz alta, para ver si le sonaba cierta. Se puso de pie y caminó por el cuarto repitiendo las frases una y otra vez. Se rió cuando vio su reflejo en el espejo y volvió al trabajo.

"Fíjate metas que valgan la pena" era algo más fácil de escribir que de llevar a cabo, pero Kevin se sintió satisfecho porque, gracias a la ayuda de Todd, se había fijado metas específicas.

Cuando escribió "Las oportunidades están en todas partes", se sintió de nuevo en la calle con Todd, mirando las tiendas y los automóviles que circulaban con rapidez. Se preguntó si Todd y él volverían a caminar juntos por esa calle. Antes de ponerse demasiado sentimental, recordó una imagen de su entrevista con el señor Grayland, donde había usado esas mismas palabras para venderse como empleado.

"Persevera" era la quinta pauta. Tuvo que decirla en voz alta veinte veces antes de que le sonara bien.

"Necesito ser más tenaz, perseverar, perseverar" se dijo. "La perseverancia asegura el éxito".

Kevin hizo una pausa para prepararse una taza de té antes de seguir. Necesitaba pensar en el sexto paso. No estaba seguro de si la palabra "fe" sería suficiente, o si debería escribir "fe en uno mismo".

Mientras se tomaba el té, leyó una y otra vez los pasos que había escrito. Cuando terminó, tomó la pluma y escribió "Fe".

--Fe -dijo en voz alta--. Fe -repitió vacilante. Sacudió la cabeza y añadió otras palabras.

--Fe en uno mismo -repitió en voz alta--. Fe en ti mismo -así sonaba mejor.

Sólo le faltaba un paso. Kevin observó su trabajo. Le quedaba espacio en el papel para dedicarle dos líneas al último, y así conservar el diseño inicial de la página.

Le costó más trabajo escribir el último. Se sentía lleno de gratitud, pero al mismo tiempo le daba tristeza pensar que Todd ya le había dado la lista completa. Se había esforzado mucho por aprender los pasos, pero ahora que lo había hecho, le hubiera encantado que aún le quedaran varias por delante.

Hasta el momento, su caligrafía había sido relativamente buena. Lo sorprendía ver cómo esta vieja habilidad había vuelto. Con el último paso, tuvo especial cuidado pues no quería dañar su trabajo con un tachón descuidado.

Lentamente escribió: "Ayuda a los demás. Perdónalos y perdónate a ti mismo".

Estaba casi oscuro cuando terminó. Calentó unos espaguetis y se los comió mientras veía televisión. Varias veces pensó en llamar a Elspeth, pero se contuvo.

Se acostó temprano, y se quedó en la oscuridad, en silencio, repitiéndose las leyes de Todd una y otra vez, como un mantra.

Antes de quedarse dormido intentó perdonarse, tal como Todd se lo había dicho. Era difícil y estaba a punto de darse por vencido, cuando sintió una liberación casi espiritual. Se sintió ligero y en perfecta paz con el mundo. "Esto era a lo que Todd se refería", se dijo, mientras se acordaba y se quedaba dormido.

El teléfono lo despertó al segundo timbrazo. Tomó el auricular con un repentino sentimiento de terror.

--¿Eres tú, Elspeth? -preguntó.

--Ven pronto -le dijo Elspeth--. Ha llegado el momento.

--Voy en camino.

Llamó un taxi y apenas tuvo tiempo de afeitarse y vestirse antes de que llegara a recogerlo. Llegaron a donde Todd al mismo tiempo que una ambulancia.

Kevin siguió a los paramédicos escaleras arriba. Elspeth estaba en la puerta, las lágrimas le rodaban por la cara. Kevin se detuvo a dos escalones de ella. No tenía sentido seguir subiendo.

Octava clave del éxito :
AYUDA A LOS DEMÁS.
PERDÓNALOS Y PERDÓNATE A TI MISMO.

 

Busque el próximo viernes en
La Lectura Diaria:

El capítulo 9

 

pop olklklklklklklklklklkl
Contáctenos: Directo: (505) 2506418// Celular: 88 00889// Email: suyenmoreno@gmail.com
Dirección General: Suyén Moreno.
Managua, Nicaragua.
Web SUMO, desde febrero 2006.
Diseño: : Suyén Moreno.